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sintesis
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El apocado y Dora colecciona hechos, forman el díptico de “la renuncia al deseo” y sus consecuencias, ya trágicas, ya grotescas, para un destino personal.

En el primer caso, en la escena contrastante de una Córdoba tan tradicional como progresista, con aires del pasado barroco, un narrador de voz melancólica, por momentos intimista, por momentos distante, siempre acuciado por los recuerdos de la infancia y adolescencia, medita, de manera obsesiva y recurrente, en la personalidad agónica de su primo Felipe, que acaba de morir, y para cuyo entierro volvió a su ciudad natal. Entre algunas viñetas urbanas, entre retratos y esbozos de ciertos personajes secundarios –gente de la familia, próceres o artistas locales-, la figura de Felipe crece en el contrapunto entre su mente divagante, zarandeada por miles de imágenes caóticas, y la malla de una inhibición que no lo deja actuar. Hombre huraño, cohibido, aislado, al sentirse inferior quiso castigarse haciéndose más pequeño para extremar, en señal de protesta, en rebeldía, su condena existencial. Así, decidió contraerse, apagar su voluntad de vida, resignar las posibilidades del ser, eludir cualquier acción, desaparecer en la multitud, pasar anónimo, desapercibido, suprimir toda peripecia existencial. El apocado injuria a la vida, se atreve a darle la espalda, a dimitir en un mundo donde todos acaparan, acopian, se hinchan hasta reventar, y en esa oposición demuestra su temperamento trágico. Antihéroe radical; el gran renegador, el gran blasfemo. El vaciador de su propio yo. Pero extinguir el ser, avatar extremo del espíritu, ¿no lo convierte acaso en sujeto, el sujeto más religioso?