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sintesis
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Dora -como el estilita de Oficio de Horas, o el apocado- es una militante del “no serviré”, el grito, la consigna de insurrección de los ángeles caídos. Pero no se trata de una rebelión social, política, contra las sujeciones externas, por decirlo de algún modo; sino de una rebelión contra su propio destino de pintora y escritora.

Antes que obedecer a su naturaleza, ella prefiere alzar su mano contra sí misma; no reniega del arte, sino de su vocación. El llamado, la inclinación, las cualidades y aptitudes, no forman parte de la libertad del hombre, sino de la necesidad, el determinismo de su naturaleza, la predestinación de sus genes.

Sin embargo, al desafiar –mediante un acto de voluntad tan puro como arbitrario- lo que de fatal había en su vida, Dora, más que abrirse a la libertad, y de manera paradojal, se restringe, se contrae, resigna su élam vital. ¿Se puede abdicar así y seguir viviendo?

 

Y cuando muere su hijo, una Dora destruida cede por fin ante el destino vengativo que le prodigó semejante pérdida, y retoma, en un gesto paródico y blasfemo, la escritura y la pintura de su juventud. Pero apenas puede armar piezas sueltas, coleccionar hechos; un arte fragmentario compuesto por breves líneas, paisajes y retratos que después encarpetará en el cartapacio. Actividad que, antes que salvarla, parece condenarla; nada puede hacer el arte-taumaturgo por aquellos que convierten la renuncia en una mística; y ese regreso absurdo termina en desbandada; ella sólo quiere la muerte y su promesa de liberación.

En las distintas partes de la novela, un amigo y un pariente dictan a un escriba episodios de la vida de Dora; la novia del hijo muerto recuerda las sesiones en que posó para unos retratos de Dora; un hombre, que fue el amor de juventud de Dora, monologa sobre cómo un día decidió huir de sus circunstancias. Y este es el punto en el que ese hombre fugitivo se encuentra con la mujer que renunció a todo, intersección a partir de la cual el diario de Dora cuenta cómo inician juntos el viaje, un deambular que a él le sienta bien, encuentra su centro, pero no a ella, que es puesta por ese trance frente al espejo y Dora ya no soporta verse. Así es como Dora pasa de la situación de renuncia a la “errancia”, y finalmente y sintiéndose asfixiada, a un rechazo del errar. ¿Una inmolación en la selva andina?

En el marco de una contemplación de las vidas que se restringen y de la creación artística, Herrera conduce a sus personajes a la negación radical o a la encerrona existencial, y de esa forma nos ofrece una catarsis, el ejercicio curativo de negar la vida para hacerla más apetecible, para verla con ojos más carnales, intentar capturarla con artilugios más certeros. Esa vida que parece ejercer presión desde el subsuelo de la novela, que se cuela por los intersticios y respira por sus poros, que ansía acompañar la música verbal de una prosa exacta y transparente.