La revista Publishers publicó esta entrevista con ocasión de Sacarse el cuerpo. Hablo de que se trata de un contrapunto poético a partir de los temas esenciales de la obra del poeta boliviano Jaime Saenz: la vida y la muerte, los misterios, la ciudad de La Paz y el nevado del Illimani, la escritura, la ebriedad, los bares –las bodegas–, los cementerios, los hospitales, incluso la morgue. Y el aparapita, ese mozo de cuerdas paceño, gran personaje de Saenz.
Explico que este poema-ensayo consta de un una introducción y siete capítulos. Un texto de carácter experimental en el cruce de la poesía y el ensayo. ¿Cómo investir de fuerza poética al pensamiento? La voz lírica y el discurso –sus ritmos particulares, su especial fluir– deberán entrelazarse, concurrir en el poema, pero sin anularse, intentando alcanzar, por el contrario, su máxima eficacia.
¿Cómo nació la necesidad de escribir Sacarse el cuerpo y por qué en torno a Jaime Saenz?
En 2021, al cumplirse los cien años del nacimiento del gran escritor boliviano Jaime Saenz, me tocó revisar, para ser publicado en una página web, el prólogo que yo había escrito para una antología suya que no alcanzó a publicarse. Mientras corregía aquel breve trabajo sobre Saenz, se fue generando, de manera bastante natural, un texto paralelo en el que el primigenio era solo la base para que mi voz cundiera y terminara por configurar la pieza. En definitiva, una deriva personalísima de la que apenas era consciente mientras el libro iba encontrando su forma.
Y si hurgo un poco más en el origen subjetivo, te diría que nació de una ocurrencia y una creencia: la de que este trabajo sobre Saenz parecía contener una fuerza verbal autónoma que podría convertirse en algo más, quizá a la manera de los tres largos poemas del libro Del natural de W. G. Sebald, o a la semblanza en verso del pintor Simone Martini por parte del poeta italiano Mario Luzi.
El libro se compone de siete capítulos o “noches”. ¿Por qué esa estructura y qué simboliza el número siete?
El pequeño ensayo sobre Saenz, origen de Sacarse el cuerpo, lleva como título Siete nudos para cordel de aparapita, es decir, ya contaba con esa estructura de siete nudos o capítulos; en cada uno de ellos trataba un tema de Saenz: el aparapita, los misterios, las tinieblas… Quedó el número siete, pero los nudos se transformaron en noches porque me pareció un título más significativo para el lector, y además la noche es un tema esencial en la obra del escritor paceño.
También tuve en cuenta el libro Siete noches de Jorge Luis Borges, siete conferencias sobre sus temas fundamentales. Y yo estoy persuadido de que mis noches saenzianas toman los temas esenciales de Saenz. Por lo demás, el número siete me ha importado como referencia cultural —las Siete Partidas, las siete Bellas Artes, etc.— y para darle al libro una resonancia simbólica acorde con su contenido.
¿Qué lugar ocupa La Paz, ciudad tan central en la obra de Saenz, en su propio imaginario?
La Paz, quizá por su geografía extrema, nos impone su presencia poderosa. Con una altitud promedio de 3.650 metros, está en un valle rodeado por la Cordillera Real y el Altiplano. Al este, su genio tutelar, el Illimani, a 6.462 metros. En ese hoyo insondable, asiento de la nación aimara, se desarrolla el sincretismo religioso y cultural de indios y mestizos. Pero la creencia de base, sumergido iceberg, es la comunión con los dioses de la cosmología aimara.
Las deidades aviesas del Ande maquinan siempre para intentar poseer el alma de sus habitantes. El indio está siempre ahí, parco, inmutable, resistiendo. La ciudad tiene el poder de replicarse en las zonas arcaicas de nuestra conciencia. Para mí ha sido menos un lugar de revelación que de entusiasmo, en el sentido etimológico: sentirme poseído por el espíritu de la tierra.
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